Ráfagas políticas 

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Ráfagas políticas                                                                     

Les saludo con el gusto de siempre.                      

Narrativa política de tono crítico, relato literario sobre personajes que anteponen intereses personales, económicos o extranjeros a los intereses nacionales, sin necesidad de señalar a personas reales. (Todo el país ubica a los personajes políticos aludidos en esta columna).

Los hombres que vendieron la patria

En cada época aparecen hombres que llegan al poder envueltos en discursos de grandeza. Hablan de soberanía, de justicia y de defensa de la nación. Prometen servir al pueblo y juran que sus decisiones estarán guiadas por el bienestar de la patria. Sin embargo, cuando las puertas del poder se cierran y las cámaras dejan de transmitir, algunos comienzan a olvidar aquello que juraron defender.

Así nació la historia de Los Entreguistas.

No llevaban uniforme extranjero ni portaban banderas de otras naciones. Vestían trajes elegantes, ocupaban oficinas importantes y pronunciaban discursos cuidadosamente preparados. Eran hombres de sonrisa tranquila y palabras patrióticas. En público hablaban de México; en privado hablaban de negocios.

Su primer mandamiento era sencillo: el poder por encima de los principios.

Poco a poco comenzaron a entregar aquello que no les pertenecía. Primero fueron decisiones económicas. Después, recursos estratégicos, contratos, concesiones y privilegios. Cada entrega era presentada como una modernización necesaria, una oportunidad para atraer inversiones o una medida inevitable para alcanzar el progreso.

—Es por el bien del país —repetían.

Y muchos les creyeron.

Mientras tanto, en los pueblos, los trabajadores observaban cómo desaparecían oportunidades. Los pequeños productores perdían sus tierras, los jóvenes emigraban buscando un futuro y las familias comenzaban a acostumbrarse a vivir con menos. El país seguía apareciendo en los discursos, pero cada vez significaba menos en las decisiones.

Entre aquellos hombres destacaba uno al que la prensa había bautizado como El Patriota. Le gustaba aparecer frente a las banderas y hablar de soberanía. Tenía una frase favorita:

—¡Primero está México!

Pero nadie sabía que, mientras pronunciaba aquellas palabras, sus colaboradores negociaban en habitaciones privadas con representantes de intereses extranjeros.

Una noche, un viejo periodista logró entrar en una de aquellas reuniones.

Escuchó cómo discutían la entrega de un recurso nacional.

—¿Y qué diremos al pueblo? —preguntó alguien.

El Patriota sonrió.

—Diremos que es progreso.

El periodista comprendió entonces que la traición moderna no siempre llega con soldados extranjeros cruzando una frontera. A veces llega mediante documentos, contratos, firmas y discursos cuidadosamente redactados.

Al día siguiente publicó una columna titulada: “La patria no se vende de golpe; se entrega en pequeñas partes.”

El artículo provocó indignación.

Pero también provocó miedo.

Los hombres del poder intentaron desacreditarlo. Lo llamaron enemigo del progreso, resentido, radical y hasta traidor. Era la vieja estrategia: convertir al denunciante en culpable para evitar responder por la denuncia.

Sin embargo, algo había cambiado.

La gente comenzó a preguntar.

¿Quién firmó?

¿Quién se benefició?

¿Quién decidió?

¿A dónde fue el dinero?

¿Quién estaba detrás de aquellas operaciones?

Las preguntas comenzaron a ser más peligrosas que los discursos.

El Patriota comprendió demasiado tarde que ningún gobierno puede controlar eternamente la memoria de un pueblo. Los documentos permanecen. Las firmas permanecen. Las decisiones permanecen. Y, tarde o temprano, la historia termina colocando cada nombre junto a sus actos.

Porque una nación no pertenece a sus gobernantes.

Pertenece a sus ciudadanos.

Y la patria no es un negocio, ni una mercancía, ni una propiedad privada de quienes ocupan temporalmente el poder.

Por eso, cuando los libros de historia finalmente juzgaron a aquellos hombres, no los condenaron por haber hablado de México. Los condenaron por haber utilizado el nombre de México mientras actuaban contra sus intereses.

Habían aprendido a pronunciar la palabra patria con enorme facilidad.

Lo que nunca aprendieron fue a defenderla.

Me despido, esperando su like, para que se propague este medio de comunicación libre.

Atte. RMT…correo electrónico. rmt5252@hotmail.com.   “El Divulgante”.

 

 

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