
Los últimos días de mayo de 1911 marcaron el final de una época en México. Para el general Porfirio Díaz, esos días fueron mucho más que un cambio de gobierno: fueron el cierre de un ciclo de 35 años en la vida del país.
Todo había comenzado meses antes, en marzo, con uno de sus últimos grandes actos públicos: la llegada de la aviación a México.
Compañías europeas organizaron demostraciones en Monterrey y luego en la Ciudad de México. Allí, en el Cerro de la Estrella, ante más de 30,000 espectadores, don Porfirio vio cómo el capitán francés Garros surcaba los cielos, mostrando incluso el potencial militar de estas nuevas máquinas.
Parecía un presagio: el progreso que él tanto impulsaba llegaba también para anunciar el cambio.
A diferencia de lo que suele repetir la historia oficial que dice que “todo México se levantó como un solo hombre contra él” la capital vivía esos días con cierta calma. Pero don Porfirio sabía la verdad: si decidía combatir la revuelta, el país se sumiría en una guerra sangrienta que podría durar dos o tres años. Y eso era algo que él no estaba dispuesto a permitir.
Además, su cuerpo y su alma ya estaban cansados. Una fuerte infección en las encías le causaba dolores constantes, y más hondo aún era el dolor por la ingratitud que percibía en muchos de quienes él había apoyado. Había impulsado el arte, la pintura, la escultura y la literatura; había otorgado becas para que talentosos mexicanos se formaran en Europa. Sin embargo, al verlo partir, muchos de esos mismos intelectuales y artistas lo atacaron con palabras y murales ofensivos.
Así, el 25 de mayo de 1911, firmó su renuncia. Al día siguiente, a las 4:15 de la madrugada, tomó el tren hacia Veracruz. Lo despidió su hija Amada; lo acompañaban su esposa Carmen Romero Rubio, su hijo Porfirio y sus nietos. Junto a ellos partieron también amigos leales: el general Fernando González, el empresario Fernando de Teresa, el inspector Celso Acosta y el ingeniero Gonzalo Garita, arquitecto del Palacio Postal.
Solo pudo llevar consigo 8 baúles llenos de sus papeles y archivos personales. El secretario de Hacienda, José Ives Limantour, se quedó una semana más para hacer la entrega formal del gobierno, traspasando al nuevo régimen 63 millones de pesos en oro.
¡Cuentas Claras!
Al alejarse de las costas mexicanas a bordo del Ypiranga, el corazón de don Porfirio guardaba una pequeña esperanza: quizás cuando Francisco I. Madero tomara el poder, la calma volvería y él podría regresar. En su renuncia había pedido el “buen juicio de la historia”, pero en ese momento solo sentía la amargura de la incomprensión.
El barco hizo escala en La Habana, donde prefirió guardar silencio ante la prensa; no quería polémicas. Lo único que lo reconfortaba era el recuerdo de la despedida afectuosa que le habían brindado los veracruzanos, una imagen que guardaría para siempre.
Pero no todos le recibían con respeto. Al llegar al puerto de La Coruña, en España, un grupo de opositores alentados por ideas revolucionarias y pasquines de los hermanos Flores Magón lo esperaba para gritarle: “¡Asesino!”. Don Porfirio se preguntaba: ¿Cómo podían llamarme así, si precisamente renuncié para evitar más derramamiento de sangre?
El viaje terminó el 20 de junio de 1911, cuando el barco atracó en El Havre, Francia. Allí lo esperaban amigos viejos: el escritor Federico Gamboa y el general español Camilo García de Polavieja, quien años atrás le había entregado el uniforme de Morelos durante las fiestas del Centenario. Fue recibido con honores: una banda interpretó el Himno Nacional Mexicano y la Marsellesa.
Así comenzaba un exilio que duraría cuatro años. En su mente, guardaba un deseo profundo: Quizás en el futuro, los mexicanos lean con calma mi historia y entiendan que todo lo hice por amor a esta tierra.
Dejó también una petición para cuando llegara su hora:
“Cuando se calmen las cosas, lleven mis restos a Oaxaca. Quiero descansar en el Templo de la Soledad, junto a mi madre”.
¡Cuentas Claras!
Instalado en Francia, su primer deseo fue atender su salud. Gracias a la generosidad de su amigo el empresario Eustaquio Escandón, se hospedó primero en su casa de la avenida Víctor Hugo en París, antes de viajar a Suiza para ser atendido por especialistas dentales y curar definitivamente el mal que tanto lo había aquejado.
Una vez recuperado, recibió una invitación especial: el 20 de julio de 1911, el general Gustave Niox lo invitó a conocer el Hospital de los Inválidos, donde reposan los restos de Napoleón Bonaparte. Acompañado de su hijo Porfirio y amigos, ingresó al recinto. Allí, el general Niox le entregó simbólicamente las llaves de la tumba y puso en sus manos la espada del emperador francés.
No me considero digno de sostener esta arma dijo con humildad don Porfirio.
En mejores manos no podría estar respondió Niox.
El encuentro despertó recuerdos: ambos se conocían desde hacía 50 años, cuando Niox había sido prisionero del ejército mexicano. También recordaron al comandante francés Henry Testard, caído en la batalla de Miahuatlán en 1866. Don Porfirio había ordenado que fuera sepultado con honores, y que su espada defendida incluso por su fiel perro fuera devuelta a su familia.
Lejos de la riqueza que muchos le atribuían, don Porfirio vivió con austeridad. Había ahorrado unos 400,000 pesos durante sus años de gobierno, y su pensión militar la donó para becar a alumnos destacados del Colegio Militar. Mientras tanto, en México, su casa de la calle de la Cadena fue ocupada por José Vasconcelos, y muchas de las haciendas que administraba el gobierno fueron repartidas, pero quedaron abandonadas e improductivas.
Los años en el extranjero no habrían sido llevaderos sin el cariño de su esposa, Carmen Romero Rubio. Con su juventud y ternura, evitó que don Porfirio cayera en una soledad total. Viajaron por España, Egipto y Alemania; en París, paseaban por el Bosque de Bolonia acompañados de sus nietos. Allí, dos cocineras oaxaqueñas que los acompañaban preparaban los platillos de su tierra, haciéndole sentir, por un instante, que estaba de regreso en su hogar.
Pero el tiempo se acabó. El 2 de julio de 1915, a las 6:32 de la tarde, Porfirio Díaz murió en París. Partió con una esperanza grabada en su corazón:
“Cuando se calmen las pasiones de la revolución, un estudio serio hará ver a los mexicanos bien nacidos que mi gobierno fue necesario para su tiempo. Que deseé la educación, la paz y el progreso. Que busqué el respeto del mundo para nuestra nación. Y que amé a México… a veces, más que a mi propia vida”.
Fuentes consultadas:
1. “Memorias” de Porfirio Díaz: Escritas por el propio exmandatario durante su estancia en Europa, donde narra sus decisiones y visión histórica.
2. “Porfirio Díaz. Su vida y su gobierno” de José López Portillo y Rojas: Testimonio contemporáneo que aborda tanto su obra como su etapa final.
3. “El último viaje de Porfirio Díaz” de Enrique Krauze: Investigación detallada sobre su renuncia, trayecto hacia el exilio y últimos años.
4. Archivo General de la Nación (AGN), Sección Gobernación y Relaciones Exteriores: Documentos oficiales sobre la entrega del poder y finanzas de la nación en 1911.
5. “Exilio y muerte de Porfirio Díaz” de Francisco Bulnes: Crónica periodística e histórica sobre su vida en Francia y su fallecimiento.
6. “Porfirio Díaz: La verdad histórica” de Ezequiel A. Chávez: Análisis de los acontecimientos previos y posteriores a su renuncia.

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