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“Ráfagas Políticas”
Hobbes y el miedo que funda al Estado
Hablar de política sin mencionar a Thomas Hobbes es, en cierto modo, ignorar uno de los pilares más incómodos —y a la vez realistas— del pensamiento moderno. El filósofo inglés (1588-1679) no construyó una teoría desde el optimismo, sino desde una visión cruda de la naturaleza humana: el hombre no es bueno por esencia, sino un ser movido por el miedo, el interés y la necesidad de sobrevivir.
Hobbes parte de una pregunta inquietante: ¿qué sucede cuando no hay autoridad que regule la conducta humana? Su respuesta es tan célebre como perturbadora. En el llamado “estado de naturaleza”, los individuos viven en una guerra constante, una lucha de todos contra todos donde no existen leyes ni justicia. En ese escenario, la vida —diría el propio Hobbes— es “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. No hay espacio para la moral cuando la prioridad es sobrevivir.
Frente a este caos, surge una solución que marcaría la filosofía política: el contrato social. Los individuos, cansados del miedo y la incertidumbre, deciden ceder parte de su libertad a cambio de algo más valioso: seguridad. Así nace el Estado. Pero no cualquier Estado, sino uno fuerte, centralizado, capaz de imponer orden.
Ese poder se encarna en lo que Hobbes denomina el “Leviatán”, una figura soberana que concentra la autoridad absoluta. Para Hobbes, dividir el poder es debilitarlo, y debilitarlo es abrir la puerta al conflicto. Por ello, el soberano no está sujeto al castigo de sus súbditos: no forma parte del contrato, sino que es su resultado. Su función no es ser justo en términos ideales, sino garantizar la paz.
La visión hobbesiana no se limita a la política. Su pensamiento materialista sostiene que todo, incluido el comportamiento humano, responde a causas físicas: buscamos el placer y evitamos el dolor. Incluso la religión, en su perspectiva, debe subordinarse al Estado, pues cualquier autoridad paralela representa una amenaza para la estabilidad.
Hoy, en tiempos donde la desconfianza en las instituciones crece y el orden social parece tambalearse en distintos rincones del mundo, la pregunta de Hobbes sigue vigente: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a ceder a cambio de seguridad?
Quizá su mayor provocación no sea su defensa del poder absoluto, sino su diagnóstico del ser humano. Porque si Hobbes tiene razón, el problema no está en el Estado… sino en nosotros.
Me despido, esperando su like, para que se propague este medio de comunicación libre.
Atte. Ricardo Melgarejo Torres…correo electrónico. rmt5252@hotmail.com. “El Divulgante”. 25/abril/26.

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