
Convertí una avenida en el museo de héroes más grande de América. Y no hay una sola estatua mía en ella.
El Paseo de la Reforma no lo inventé yo: lo trazó el emperador Maximiliano en 1865, como una vía elegante que conectara el Castillo de Chapultepec con el centro histórico, y le puso el nombre de su esposa, la emperatriz Carlota. Pero fui yo quien lo llenó de alma y de historia. A finales del siglo XIX, mandé comunicar a cada uno de los estados de la República: cada uno debía aportar la estatua de su prócer más ilustre, el hombre o la mujer que para ellos representara la lucha, la libertad o la grandeza de su tierra. Y así, en filas simétricas, custodiando el camino, los planté a todos: Cuauhtémoc y los últimos defensores de Tenochtitlán, Cristóbal Colón, los insurgentes que iniciaron la Independencia, los líderes liberales que defendieron la República, los reformadores que cambiaron las leyes. Todos juntos, todos de bronce, todos puestos ahí por decisión mía.
Era una jugada política brillante, no lo voy a ocultar. Si tú tienes la autoridad para decidir a quién se le levanta un monumento, tienes el poder de decidir quién es reconocido como héroe. Yo escribí la historia oficial de México en bronce, de un extremo a otro de esa avenida, y durante décadas nadie se dio cuenta de que era yo quien la estaba redactando. Unía el pasado indígena, la época virreinal, la lucha por la independencia y la reforma liberal en un solo relato: el de una nación que se construye sobre el legado de todos sus hijos o al menos, sobre los que yo elegí.
Y para coronar esa obra, en 1910, al cumplirse cien años del inicio de la Independencia, levanté el monumento más icónico de todos: el Ángel de la Independencia. Se dijo que era un homenaje a los héroes de la nación, pero en el fondo también era una forma de celebrar el camino que yo había recorrido para darle a México su rostro público.
Vayan hoy a caminar el Paseo de la Reforma. Verán las estatuas, los monumentos, el Ángel que brilla al atardecer.
Están todos ahí. Menos yo. Ni una placa que mencione mi nombre, ni un busto en alguna esquina, ni una calle decente que recuerde mi paso. El hombre que le dio rostro a todos los héroes de México no tiene rostro en la obra que construyó para ellos.
Así suele cobrarse la historia: no siempre te derriban la estatua. A veces, simplemente, nunca te la ponen.
FUENTES CONSULTADAS:
1. Archivo Histórico de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México: Expedientes sobre la ampliación y equipamiento del Paseo de la Reforma, 1888-1911.
2. Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH): Monumentos y Conmemoraciones: Paseo de la Reforma, patrimonio histórico de la Ciudad de México.
3. González Casanova, P. (2010): Historia y memoria en los monumentos de la Ciudad de México. Editorial UNAM.
4. Secretaría de Relaciones Exteriores: Centenario de la Independencia: planes y obras conmemorativas de 1910.
5. Memorias personales y correspondencia oficial de Porfirio Díaz, conservadas en el Archivo General de la Nación.

Leave a Reply