México fue central en la escritura de “Cien años de soledad”: Álvaro Santana-Acuña

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México fue central en la escritura de "Cien años de soledad": Álvaro Santana-Acuña
México fue central en la escritura de "Cien años de soledad": Álvaro Santana-Acuña

El investigador indaga en el origen del clásico y recuerda a Mercedes Barcha como alguien fundamental para García Márquez.

 

 

Por Héctor González

Alrededor de la novela Cien años de soledad existen varias leyendas. Una, tiene como protagonista a Mercedes Barcha Pardo, la viuda de Gabriel García Márquez fallecida el pasado 15 de agosto. Según reseña el académico español Álvaro Santana-Acuña, ella sugirió al escritor que Remedios la Bella estaba tomando demasiada importancia en la historia y que sería mejor desaparecerla. Producto de la sugerencia, el Nobel colombiano decidió hacerla volar sobre una sábana hacia el cielo. Incluso el narrador llegó a contar que pensando en cómo resolver el problema, “salí al patio de mi casa. Había mucho viento. Una negra muy grande y muy bella que venía a lavar la ropa estaba tratando de tender sábanas en una cuerda. No podía, el viento se las llevaba. Entonces tuve una iluminación. ‘Ya está’, pensé. Remedios la Bella necesitaba sábanas para subir al cielo. En este caso, las sábanas eran el elemento aportado por la realidad. Cuando volví a la máquina de escribir, Remedios la Bella subió, subió y subió sin dificultad. Y no hubo Dios que la parara”.

La anécdota no solo muestra el músculo creativo del colombiano, sino también la influencia de quien fuera su esposa desde 1958. “La presencia de Mercedes fue fundamental. Influyó en muchísimas esferas. Al dedicarse toda la vida a su familia consiguió que García Márquez encontrara el tiempo necesario para dedicarse a su pasión que era la literatura”, explica en entrevista Santana-Acuña, investigador que tras tener acceso al archivo del colombiano publica Ascent to Glory: How One Hundred Years of Solitude Was Written and Became a Global Classic (Ascenso a la gloria: cómo se escribió Cien años de soledad), título que recién publica en inglés la Universidad de Columbia y que el año entrante deberá comenzar a circular en español.

“Mercedes comprendió la importancia de la carrera de su esposo”, explica y recuerda que ella misma durante el bachillerato coqueteó con la escritura. “Fue la musa de García Márquez, él mismo reconocía que su esposa aparecía regada en todas sus novelas”. No solo era su filtro con el mundo exterior sino alguien con quien consultó en numerosas ocasiones las frases o la información a incluir en sus libros. “Mercedes pertenecía a la misma región e imaginario de modo que era un punto de referencia”.

El imaginario de México

¿Cómo se construye un clásico?, fue una de las preguntas que guiaron la curiosidad de Álvaro Santana-Acuña. La idea de uno de los títulos fundacionales del boom latinoamericano data de 1950, cuando García Márquez tenía 22 años. Tuvieron que pasar 17 años para que por fin en 1967 el libro viera la luz. El proyecto germinó en 1965, cuatro años después de su llegada a México. Antes había intentado escribirla en Cartagena, Barranquilla, Bogotá, París, Londres, Nueva York y Venezuela. De cada lugar surgían manuscritos parciales. “México tuvo una influencia central para que pudiera terminar la historia”, apunta el investigador y precisa que eso lo descubrió en cartas donde describe la fascinación que le despertó el país.

Como ejemplo, el español cita el cuento “Blacamán el Bueno, vendedor de milagros”, cuyo origen está en el momento en que García Márquez vio a unos indios vestir a los angelitos con traje. “Le entusiasmó tanto la cultura popular mexicana que le permitió retomar el proyecto de Cien años de soledad”.

Durante aquellos años, la capital vivía un momento de efervescencia cultural. Grupos diversos en lo ideológico y creativo se disputaban el protagonismo. García Márquez encontró sitio en el autodenominado como “La Mafia” y en el que participaban Fernando Benítez, Juan Rulfo, Elena Poniatowska, Luis Buñuel, José Emilio Pacheco, Luis Alcoriza y Carlos Fuentes, entre otros. “Era un grupo excepcional de artistas, escritores y cineastas”.

Entre ellos la influencia de Juan Rulfo fue de las más relevantes. “Ambos eran grandes amantes de la obra de William Faulkner. El propio Rulfo reconoció que no podía haber escrito Pedro Páramo sin haber leído Las palmeras salvajes de Faulkner. Ayudó a García Márquez a plasmar el imaginario del estadounidense en el contexto latinoamericano”. Además, la colaboración del colombiano en la escritura del guion de El gallo de oro le permitió “cuestionarlo sobre narrativa, el mundo rural y el manejo del tiempo cíclico. La influencia de Rulfo es muy importante en términos de la construcción del imaginario, la narración y el dialogado”.

La mafia

A través de su investigación, Santana-Acuña destaca que la dinámica cultural de la época fue un resorte fundamental para la escritura del libro. “El colombiano mantuvo una intensa correspondencia con Carlos Fuentes, mientras éste vivió en París. Compartieron todo el proceso de escritura”. El autor de La región más transparente escribió la primera reseña de Cien años de soledad cuando apenas había tres capítulos concluidos.

A pesar de que en su momento “La mafia” era conocida por su capacidad para marginar a sus adversarios o críticos, el investigador sostiene que era grupo “bastante abierto de profesionales de primer nivel que querían relacionarse con gente de su altura dentro y fuera del país. Todavía falta hacer un mapa de la diversidad cultural de los grupos culturales mexicanos durante la década de los sesenta, lo cierto en todo caso es que, si García Márquez decidió viajar al D.F., era porque era un lugar de gran ebullición cultural”.

Protagonista central de ese grupo era el crítico Emmanuel Carballo, “fue alguien que entendió que la crítica literaria debía trascender las fronteras”.

Carballo publicaba sus textos en el suplemento La Cultura en México y era parte del comité editorial de la Revista Casa de las Américas. Además, era pareja de Neus Espresate, una de las fundadoras de editorial Era, sello que en su momento pudo haber publicado la novela del colombiano. “No es casualidad que García Márquez, a quien Carballo ya había entrevistado, se le acercara para pedirle que leyera semana tras semana el manuscrito de Cien años de soledad. Se reunieron dos o tres horas todos los sábados durante casi un año y como prueba de agradecimiento García Márquez le regaló una de las copias del manuscrito final”.

Sorpresas y hallazgos

Uno de los hallazgos que más sorprendieron a Álvaro Santana-Acuña fue descubrir la cantidad de lecturas que tuvo la novela previo a su publicación. “La lectura del crítico se sumó a la de amigos y gente cercana. Cien años de soledad es un clásico de la literatura latinoamericana, pero también es una obra muy del D.F., de los años sesenta”.

Otra de las presencias próximas al colombiano durante el proceso de escritura fue Mario Vargas Llosa. “Intercambiaron correspondencia. Hablaron de proyectos comunes, de la literatura latinoamericana y de lo traumático que supuso para García Márquez la corrección de las pruebas de imprenta. Son cartas muy bonitas porque demuestran el nacimiento de una amistad de dos autores obsesionados con la literatura”.

El investigador reconoce su asombro al ver que el colombiano concibió la novela como una obra divertida y con la intención de hacer reír al lector. “Yo me aproximé a ella como uno se acerca a los clásicos, es decir como una obra seria y consagrada. Hasta que no leí la correspondencia de García Márquez entendí su personalidad”.

Considera que parte de su potencia radica en la gran cantidad de personas ayudaron y leyeron paulatinamente la obra. “Creo que es una de las obras más leídas y comentadas antes de su publicación, eso contribuyó a darle fuerza”.

El 30 de mayo de 1967, editorial Sudamericana imprimió el primer ejemplar de Cien años de soledad. A pesar de los diecisiete años de trabajo y las asesorías de primer nivel, García Márquez no se sentía seguro y creía que los editores le regresarían el texto. No obstante, de que se le considera la piedra fundacional del realismo mágico, la etiqueta no se le aplicó sino hasta dos años después. “Los primeros lectores no encontraron manera de etiquetarla. La veían como una novela humorística del boom. Pero definir el estilo se hablaba de infrarrealismo o surrealismo, de una mezcla entre ficción y fantasía. Conforme pasaron los años se instauró como realismo mágico y terminó siendo la obra que enarbolaría a un género que definió por años la literatura latinoamericana”.

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